* nota escrita en el contexto del suicidio del Sr. Fabián Rodríguez ex marido de la actriz Nazarena Vélez.
Esta semana en el tapete de lo público volvió a aparecer en primera plana el dolor ajeno, junto al morbo que provoca la fatalidad en los demás. Como algo cercano o como si fuéramos los protagonistas intentamos figurar aún así el hecho ocurra a sideral distancia nuestra. La muerte del marido de la esbelta Nazarena Vélez, por situaciones trilladamente conocidas recayeron de lleno en todos los soportes comunicacionales. El suicidio de Fabián Rodríguez puso en evidencia, otra vez y más, el tratamiento de la prensa en estos casos.
Aunque no se vio sangre la hubo por todos lados, sangre al mostrar el llanto desconsolado de la actriz con su hija, sangre al espiar -con camera mediante- la cerradura de la puerta, o poner los micrófonos en la pared de la sala velatoria. Pero quién tiene la culpa o la responsabilidad de que estos episodios rebalsen nuestras pantallas; son los programadores o es la misma "gente" que consume esas migajas humanas.
Muchas opciones no hay, cuando se monta en especie de cadena nacional es imposible eludirla.
Los medios están mas concentrados entre si -pese a la ley de medios vigente que todavía no entra en plena aplicación- forman una barrera informativa que convierte al espectador en un pieza caducada que si no consume lo que se le muestra queda desconectado de la vida social. El buen gusto choca con la inteligencia del publico y los programadores en su afán de captar el ansiado "rating" y recaudar más dinero venden hasta lo más incomprable.
La pregunta a la que llegamos es ¿Qué gana el publico mirando escenas dignas de una novela mexicana? ¿Aprendemos algo sabiendo los mensajes que se enviaban entre si? no obstante si ¿como fue el viaje en avión de Vélez una vez enterada la obituria noticia?
S
on los periodistas y opinólogos que no están a la altura que requiere tal situación, la improvisación y la verborragia hacen de su triste show mientras que la preparación queda marginada. Lamentablemente es más fácil hacer llorar que reír, reza un mandamiento televisivo, podrá ser algún día no muy lejano que sea más fácil informar que intoxicar.
